Paco Miñarro

(Valencia, 1964) es un ejemplo de lo que nunca debe hacerse para triunfar en la vida. En los años ochenta se dedicó al diseño gráfico, como casi todo el mundo, pero pronto abandonó los estudios y se aficionó a la alquimia y al cultivo de hierbas prohibidas. Eso, sin duda, le facilitó cierta perspectiva filosófica, de manera que participó en varios experimentos editoriales que fracasaron estrepitosamente. Muy contento con ello, abordó en algunos ensayos la problemática de la identidad humana, el tiempo circular y la inminencia del Apocalipsis, pero nadie le hacía ni puñetero caso. Trabajó de lo que pudo: electricista en una fábrica de cervezas, administrativo, contable, vendedor a domicilio, falso predicador, camarero y traficante de drogas, pero a la vez se sumergió en el estudio del chamanismo asiático y de la tradición hermética, así como de los “tong” chinos, el budismo tibetano y la contracultura en USA. Ingresó en un par de sociedades secretas, con el confesado objetivo de acabar con el orden imperante, y también participó en algunos cónclaves internacionales en los que preconizaba, a gritos, una insurrección general y absoluta. De vez en cuando escribe panfletos subversivos y pasquines anarquistas que son difundidos por toda Europa. En el fondo, Miñarro siempre ha tenido vocación de eremita o de librero; que no lo haya conseguido es algo totalmente ajeno a su voluntad. En la actualidad dirige, junto a su compañera Rocío, el mejor restaurante del mundo, famoso además por sus fiestas clandestinas a altas horas de la
madrugada.

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