Anita Backster (Valencia, 1977) Nací en el Mediterráneo, entre cañas y barro, y me sumergí veinte mil leguas de viaje submarino por los mares del sur hasta llegar a la isla de Liliput. De la mano de mi alma de marinero surqué no el mar sino los cielos, rumbo a la segunda estrella a la derecha, hasta llegar a Nunca Jamás. He perseguido conejos blancos y caído por agujeros que me han llevado a maravillosos países habitados por los seres más extraños e ilusorios que nadie pueda imaginar, y me he perdido en el Sáhara, donde conocí a un extraño principito de otro planeta y le dibujé una caja con un cordero en su interior para hacerlo feliz.
Tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong, y viajé en el tren Orient Express. He cabalgado a lomos de un lobo estepario por la senda del perdedor y dado la vuelta al mundo en ochenta días bajo nombres como el de Marianela, Ana Frank o Frankestein; me he creído Jo March y temido terminar como Esther Greenwood. He sido tan analítica como Sherlock Holmes o Miss Marple y tan vengativa como Carrie, pero también he hecho de Celestina y he sido tan frágil como Cosette bajo la protección del fuerte y corpulento Jean Valjean. He vivido en Macondo, en una casa de espíritus de la calle Morgue y en el castillo de Vlad, en un mundo feliz con personas tan ocupadas como abejas en una colmena pero también con rebeliones en granjas. Tengo una habitación propia con un espejo que me devuelve la imagen de una mujer madura y no de la niña que nunca he dejado de ser.
Hay quien me cree un renglón torcido de Dios porque dije que yo maté a Kennedy y por seguir los pasos de Ripley, pero en verdad ansío vivir con mi viejo en el mar y jugar en una rayuela, de esas en las que una llega hasta el diez y regresa para empezar una y otra y otra vez.
Esta soy yo. Porque no se trata de lo que escribo ni aquí ni allí, sino de lo que queda por redactar y sobre todo por leer; empezar y acabar, acabar y empezar, hasta envejecer y morir y, quizás, renacer y volver a comenzar.
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