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Reseñas

El estigma de Caín

El estigma de Caín

En esta novela, José Ruiz Mata (Jerez de la Frontera, 1954) nos muestra la trayectoria vital de un personaje desde la última fase de su adolescencia —entre los quince y dieciséis años— hasta la madurez y los umbrales de la ancianidad. Es la rememoración autobiográfica de un pasado desde un presente con especial atención a esos años de crecimiento juvenil en los que se va fraguando un carácter, una forma de ser y de ver la vida, una evolución física, moral, psicológica y social, por lo que podría hablarse de un diseño narrativo adscrito al bildungsroman o ‘novela de aprendizaje’. El protagonista-narrador se centra en los orígenes de su educación multiforme y en la configuración de un determinado entendimiento de la existencia.

A lo largo del relato se revela la importancia del tiempo y el sentido de lo histórico como elementos moldeadores de una personalidad particularmente inquieta y movida por un ansia de conocimiento profundo de la realidad, siendo estos aspectos, vinculados con mayor amplitud a la etapa adolescente, los que llenan y estructuran el grueso de la novela, la cual comienza con un sueño (¿o ensueño?) del protagonista: “En las noches de niebla, cuando las nubes resguardaban el barrio de la mirada de los extraños, oía desde mi lecho pasar los caballos bajo mi ventana. Sus cascos herrados resonaban potentes sobre los adoquines y en el silencio se propagaba el sonido de los arreos, los correajes, las armas, las corazas; se presentían las capas blancas al viento, los cuerpos en sus rítmicos vaivenes, el resplandor de los metales. De vez en cuando uno de los animales relinchaba inquieto, el repiqueteo de sus pasos daba a entender una repentina disconformidad con su destino, una duda, pero el grupo proseguía su recorrido, impasible, enérgico, acompasado, hasta el fondo de la calle hasta que el rumor se perdía por el otro lado de la plaza”. Más adelante sabremos que son guerreros andalusíes, emblemas de un pretérito, los cuales, en una intervención casi sobrenatural, salvarán en su momento al protagonista de una situación peligrosamente comprometida.

Retrato de José Ruiz Mata. Indra Ruiz Moreno, 2018.

La vida del joven transcurre en un distrito popular y antiguo de intramuros —entre la zona monumental, el centro comercial y el área de las bodegas— de una ciudad del sur de España que, por datos y detalles, es algo más que comparable con Jerez, sin que su nombre sea jamás mencionado, como no se menciona el nombre del ejecutante principal de la ficción. De la misma manera, una serie de referencias nos remiten al jerezano barrio de San Mateo, primitivo y castizo, con sus habitantes, algunos de ellos específicamente destacados, como Luis Ortega, la familia Solano (próceres venidos a menos), la niña Carmencita y el descubrimiento del sexo, Aurelio el pintor y su atractiva mujer (una fijación erótica del protagonista), Expósito el panadero, un sujeto siniestro apodado El Chícharo —metido en negocios sucios y quehaceres oscurantistas que son el origen de una crónica policíaca bien construida y que añade un toque de suspense al relato— y otros. El paisaje público se complementa con la introducción de coloquialismos propios del habla del pueblo, conformando así una perspectiva general del escenario, con el inevitable tabanco a modo de foro supremo de los parroquianos. Estos personajes secundarios tienen cada uno su peculiar desarrollo humano, sus vicisitudes, lo que sirve para dinamizar la acción fundamental del argumento, polarizada por las inquietudes cognoscitivas del muchacho que, con la ayuda de Luis Ortega —contable de una firma bodeguera y autodidacta (con sus ineludibles limitaciones) enfrentado a la ciencia oficial— se va adentrando en el cuestionamiento de todo lo establecido como dogma en el conocimiento del mundo, proceso que se encauzará con más rigor y plenitud con la aparición de Sofía (‘la sabiduría en su estado puro’), alguien que surge como desde otra dimensión y que genera a su alrededor una especie de universo paralelo donde los acontecimientos suceden según un orden diferente al habitual, un orden cercano a la magia y a lo onírico, con una difuminación de las fronteras entre lo vivido y lo soñado. Sofía se convierte en la preceptora del chico en su indagación de otras realidades dominadas por una multitud de símbolos que proporcionan una nueva interpretación de todas las cosas humanas, las cuales, en ocasiones, aparentan ser sobrehumanas. La relación entre ambos deviene un camino iniciático en el que no faltan los espacios encantados y las experiencias inexplicables: a veces exaltadas, a veces como de pesadilla: siempre excitantes. Sofía es la representación de las distintas facetas del conocimiento, sin exceptuar su reverso oscuro; de ahí sus transformaciones físicas, en las que se manifiestan conceptos como el juego de los opuestos, la ambivalencia esencial del espíritu o las contradicciones existenciales dirigidas hacia una síntesis dialéctica que conduzca al conocimiento y perfección de la materia sin desestimar las aportaciones de la tradición hermética: “La ciencia oficial confunde las motivaciones con los resultados, por lo que en vez de estudiar las causas, se dedican a ensayar con los hechos sin importarles o desconociendo las originarias fuerzas que los provocaron. […] Lo importante es buscar las causas, encontrar la vida y estudiarla, ponerse en contacto con la materia y lograr su grandeza y perfección. A través de su sublimación hallará el operador la suya”. Brotan aquí ecos de la alquimia, de la Gran Obra, y una percepción poética de las ciencias que no contempla a la Naturaleza “como un objeto explotable”, sino como, de acuerdo con la práctica esotérica, “la dama hacia la que convergen todos los pensamientos del artista en su búsqueda de la perfección”. No hay otra ruta más segura que el amor a la Naturaleza del filósofo. No es tanto sentenciar la incompatibilidad con el conocimiento académico como ensanchar el método analítico sobre la materia y la energía.

Las leyendas, los mitos, los cuentos, las tradiciones orales, el infinito repertorio de símbolos (debidamente elucidados por el autor): en estos materiales se encuentra la memoria y las raíces de la humanidad. Perder el significado de los símbolos es perder la propia sustancia de lo humano: “lo que debemos pretender es espiritualizar la materia materializando el espíritu, porque es necesario liberar conjuntamente espíritu y materia”.

En este contexto de realismo simbólico, tan característico de la narrativa de José Ruiz Mata, desempeña siempre una función primordial la reflexión filosófica, ética y sociológica, ligada a la historia vertebradora de la novela y a los episodios adyacentes que, como hemos dicho, ofrecen mecanismos de intriga y suspense que animan el desenvolvimiento de la trama, como la masacre de la familia Solano, un enmarañado asunto concerniente a proyecciones alquímicas y las múltiples fechorías de El Chícharo (la sinagoga subterránea, una aventura fascinante y rocambolesca). Pero la novelística de Ruiz Mata nunca se circunscribe al fútil objetivo de contar una historia (o varias), como se predica hoy en tantos círculos pseudoliterarios; su campo de trabajo incluye permanentemente ideas y pensamientos sobre la realidad en toda la extensión del término. En consecuencia, en El estigma de Caín, descubrimos razonamientos a propósito del arte, de la sociedad, de la condición humana, del destino, de la epistemología, del urbanismo, del pensamiento único, de la globalización, etc. Los símbolos afloran continuamente: el fuego, el manantial, la lanza, las fuentes, San Juan Hermafrodita, la leyenda del monje Anselmo, la rana que se transforma en príncipe, el palacio del bosque, la serpiente, el dragón, el ouroboros, el pozo de la juventud, el laberinto, la gruta que esconde tantos secretos… El acceso al verdadero conocimiento es una vía empedrada de dificultades, y son indispensables la disciplina y la paciencia: “La principal misión del hombre consiste en acabar la obra de la naturaleza y darle un sentido que, sin él, no tendría”. Se enfatiza lo trascendental de los mitos primigenios o las religiones mistéricas, como el mitraísmo. “La palabra es la única llave del jardín de los sabios, la cual volverá a encontrar [el hombre] bajo el soplo de los símbolos” y “la ley de las analogías”.

Typus Mundi, 1627.

Digno de ser resaltado es el enigmático personaje de Monsieur Miroir, que encarnaría el símbolo del espejo (miroir en francés). Según Juan-Eduardo Cirlot (Diccionario de símbolos, 1995), el espejo puede aludir a un extendido conjunto de contenidos tales como la imaginación o la conciencia que reflejan el mundo real, la autorreferencialidad, lo discontinuo y las alteraciones del universo en una atmósfera donde impera la magia y la esfera lunar —esa suerte de torreón embrujado en el que vive Miroir—; simbolismo también de “la multiplicidad del alma, de su movilidad y adaptación a los objetos que la visitan y retienen su interés”; o bien, sigue diciendo Cirlot: “puerta por la cual el alma puede disociarse y «pasar» al otro lado”, como en Alicia a través del espejo (1871), de Lewis Carroll; espejo que para Marguerite Loeffler-Delachaux (Le symbolisme des contes des fées, 1949) es expresión de la memoria inconsciente. Todo en torno a Miroir reviste, igual que en el caso de Sofía, una cierta eficacia taumatúrgica que se transfiere al ambiente de intensas emociones y vivencias que contribuyen a la iniciación del protagonista en cuanto al discernimiento de la materia y la energía universales. Es aquí cuando el título de la novela cobra toda su significación: “Caín no mató a Abel. Abel era temeroso no solo de Dios, sino de todo lo que no entendía, por eso le resultaba obligatorio actuar según unas normas, ser fiel con lo que se suponía establecido […] En cambio, Caín, se encontraba seguro de sí mismo, conocía bien a la Naturaleza, no necesitaba de nadie para mantener una existencia digna, gozaba del mundo y no le brindaba a Dios más tributo que lo que él estimaba necesario”. El odio de Abel hacia un Caín libertario le llevó a crear la historia apócrifa de haber sido asesinado por su hermano: “Desde entonces, todos los descendientes de Caín llevan ese estigma en la frente que solo es reconocido por los portadores de esa misma señal. Raza que, como su fundador, se mantiene firme en sus convicciones de descubrir el universo, de valerse por sí solos para desentrañar la Naturaleza, de vivir sin ataduras, de pensar”. Abel representa la ortodoxia y Caín la heterodoxia: “todos los herederos de Abel mantienen su miedo a lo desconocido, necesitan un líder que los guíe y al cual se someten, son fieles defensores del poder establecido, garantes de una fe que intentan imponer a toda la humanidad, puritanos de estrechas normas que han querido ver en este mundo un valle de lágrimas”.

Asistimos, tras el fin de la infancia y la juventud, a la subsiguiente secuenciación de la biografía del protagonista: sus estudios superiores, su vida laboral como profesor universitario en Francia, su matrimonio, el nacimiento de su hija, su viudedad, y, finalmente, su regreso a la ciudad natal donde disfruta con la estimulante compañía de su nieto, al que va introduciendo en su ideario dentro del marco de una complicidad patente entre los dos. El nieto, un día, confiesa haber tenido el mismo sueño que tenía su abuelo y que se relata en el arranque de la novela, con lo que, a un tiempo, se cierra un ciclo y se abre un sendero de continuidad espiritual bajo el signo de la comunión con la Naturaleza.

El estigma de Caín es una obra dotada de una poderosa atracción, escrita en ese estilo de seductora naturalidad con el que Ruiz Mata sabe sumergir al lector, por medio de un lenguaje claro y rico en matices, hasta lo más hondo de una narración repleta de amenidad, pero también de un pensamiento sobre la existencia a través de una tensión sostenida en todos sus pormenores, y con una disposición argumental en la que sucesos e ideas se ensamblan pertinentemente para otorgar una inequívoca lucidez interpretativa a lo que se narra.

Carlos Manuel López Ramos

José Ruiz Mata: El estigma de Caín. Editorial Alhulia, Salobreña (Granada), 2019.

Del franquismo a la reforma

Del franquismo a la reforma

A lo largo de los últimos años han aparecido numerosas obras centradas en la transición. Algo que resulta perfectamente lógico si tenemos en cuenta que los historiadores del siglo XX han dirigido preferentemente sus esfuerzos al estudio de la guerra civil, el primer franquismo y la transformación política democrática de la segunda mitad de la década de los setenta. El interés por esos períodos responde a varios factores, algunos de los cuales son ajenos a la esfera científica y otros son comprensibles dentro del afán revisor que es consustancial a la tarea de reconstruir el pasado. Más difícil de entender es la práctica ausencia de trabajos centrados en el segundo franquismo, salvo contadas excepciones. Parece como si desde los años más duros de la posguerra y la dictadura franquista se hubiese dado un salto en el vacío hasta la reforma política democrática. Y esta percepción pública abrió durante décadas un territorio bastante cómodo para las conciencias de todos aquellos que querían deslindar el franquismo del sistema democrático. De ese modo, la dictadura quedó atrapada en sus primeros lustros mientras la democracia nació tras 1975, dentro de un notable ejercicio de disociación profiláctica. Nada tenían que ver los dos regímenes y nada tenían en común.

La reacción tardó en llegar, pero lo hizo con tanta intensidad como indisimulado sesgo. En la primera década del siglo XXI floreció con fuerza la denominada recuperación de la memoria histórica que centró su foco en el período de la guerra civil y la posguerra. Que era necesario profundizar en el estudio de aquel período parece fuera de toda duda, más aún si tenemos en cuenta que todavía a finales del siglo XX había cátedras universitarias que no ocultaban su reluctancia ante ello. Pero faltó calidad, rigor metodológico y aspiración a la objetividad ante las prisas por subirse al carro y la impregnación ideológica de los proyectos que lo mismo creían en la existencia de la “memoria histórica” que en su presunta “recuperación”. Las ligerezas e improvisaciones de todo aquello quedan en evidencia cuando ya nadie quiere (ni siquiera sus más conspicuos artífices) mencionar la expresión “memoria histórica”, prefiriendo ahora el tratamiento menos comprometido de “memoria democrática”. Obviamente, no se trataba tanto de hacer historia (salvo excepciones) o hacer justicia (con otras excepciones) sino de establecer un hilo reconstructor de nuestro pasado con un objetivo muy claro: si la guerra civil había desembocado en una dictadura de 40 años y de esa misma dictadura salieron los hombres que protagonizaron el cambio político -comenzando por el propio monarca- la resultante era que el régimen del 78 no fue otra cosa que una actualización del franquismo. Aunque le llamasen “democracia” nunca lo fue y, por tanto, el mejor proyecto de futuro descansaba en dinamitar por completo el sistema para fundar una nueva república, esta vez –ahora sí- verdaderamente democrática.

Las dos perspectivas descritas –con sendos ángulos ideológicos de respaldo- han ejercido su presión entre el gremio de los historiadores profesionales. En este aspecto arrastran un lastre similar al de los periodistas o los jueces, por poner dos ejemplos. Si lo que escribe un historiador (como la sentencia o el voto particular de un juez o la columna de un periodista) no se ajusta a la idea predominante, a la corriente mayoritaria del momento o a las directrices de lo políticamente correcto, corre el riesgo de ser castigado con el ostracismo, la pública crítica o la venganza corporativa. La historia, para los instalados en los parapetos desde los que disparan a los incómodos, debe hacerse con más compromiso que visita a los archivos, con la militancia y el sesgo debidos ante la fastidiosa verificación de hipótesis, bajo formatos tendentes a la difusión oral –en un marco de historia “espectáculo”- capaz de reconfortar a los fieles con lo que quieren oír. Sólo en un contexto tan envilecido se permiten los “unos” acusar de asesinas a las Trece Rosas, mientras los “otros” silencian sin sonrojo las checas o la violencia descontrolada en la zona bajo la autoridad del gobierno de la Segunda República. A eso se le llama, sencillamente, insolvencia intelectual.

Miguel Primo de Rivera con su hijo
Miguel Primo de Rivera con su hijo Michi

Pero si hay algo que une a las dos trincheras –más allá de sus recíprocas coces dialécticas- es el desprecio por el segundo franquismo. Para unos porque la dictadura se quedó congelada allá en los cuarenta y el mundo volvió a la luz en el amanecer del 20 de noviembre de 1975. Para otros, porque el franquismo nunca evolucionó lo más mínimo y se permitió, incluso, mimetizarse tras la muerte del dictador para dar lugar a una falsa democracia. Que esto sea sostenido sin rubor por representantes públicos nos proporciona una idea de la degradación de la política en España de unos años a esta parte. Sorprende que no conozcan o ignoren deliberadamente las memorias y los testimonios de no pocos protagonistas del cambio político que desde la dictadura realizaron el tránsito político a la democracia. En los ochenta ya aparecieron las memorias de Rodolfo Martín Villa y de Salvador Sánchez-Terán, ministro de la Gobernación y gobernador civil de Barcelona respectivamente que impulsaron el cambio político y tramitaron el retorno a España del presidente de la Generalitat, Josep Taradellas. Los dos venían del franquismo. La misma procedencia que tuvieron Manuel Ortiz Sánchez (asesor de Suárez), José Miguel Ortí Bordás (subsecretario de Gobernación, 1976-1977), Eduardo Navarro Álvarez (subsecretario de Gobernación, 1977-1978) o, en menor medida, el periodista Emilio Contreras Ortega (gobernador civil de Ávila en 1978). En sus páginas se demuestra que muchos hombres que actuaron bajo la dictadura fueron conscientes de la imposibilidad de mantener el franquismo sin el general Franco. Fueron hombres que no habían hecho la guerra, eran en su mayor parte técnicos y profesionales que comenzaron a desarrollar sus carreras desde los años cincuenta y sesenta, y entendían que su futuro no debía transitar por las trágicas experiencias del pasado.

También el propio biografiado por Manuel Ruiz Romero –Miguel Primo de Rivera y Urquijo- publicó sus propias memorias, tituladas significativamente No a las dos Españas. Memorias políticas (2002). Ciertamente aún nos faltan las memorias más importantes (por ejemplo, el testimonio directo de Adolfo Suárez, protagonista directo del tránsito político), pero resulta difícil sostener que el segundo franquismo fuese ajeno al cambio político que se produciría durante la segunda mitad de los años setenta. Eso no significa que la democracia naciera del franquismo, pero sí que durante los últimos lustros del mismo se desarrollaron procesos que tendrían trascendencia años más tarde. La propia Ley Orgánica del Estado (1967) fue la que abrió las puertas a la reforma de las Leyes Fundamentales.

Julio Ponce Alberca, Universidad de Sevilla

Reseña del libro de Manuel Ruiz Romero: Del franquismo a la reforma. Miguel Primo de Rivera y Urquijo. Una biografía política, (Jerez de la Frontera, Tierra de Nadie editores, 2019).

Gibraltar, más de 300 años de fracaso

Gibraltar, más de 300 años de fracaso

Durante 300 años, España ha intentado recuperar el peñón de Gibraltar. Cada intento fue un fracaso: la inoperancia de los militares, las inclemencias del tiempo, los azares de la vida. Jamás logró reconquistar una tierra perdida a principios del siglo XVIII.

En este ensayo de José García Rodríguez, podemos disfrutar de todas las peripecias que rodearon cada una de estas operaciones.

No nos olvidemos que, en ese tiempo, las propiedades eran de la Corona, y ahora nos quieren crear un sentimiento de pérdida de una tierra que nunca fue del pueblo.

"La tía Annie", retrato social de mujer burguesa en el cambio de siglo

«La tía Annie», retrato social de mujer burguesa en el cambio de siglo

Calle de San Vicente de Valencia en 1910. Propiedad de Rafael Solaz

La editorial Tierra de Nadie me invita a escribir un comentario sobre su novedad La tia Annie, segunda novela del amigo Enrique Fink Hurtado, que acepto con placer. Porque mi primera reacción al leer el generoso volumen ha sido de sorpresa: ¿cómo es posible que un autor, por ahora de corta producción, sea capaz de reinventar su técnica narrativa y selección de contenidos con tanta facilidad?

Tuve oportunidad de presentar su primera novela La muerte del inglés, publicada en el mismo sello editorial, relato que se inspiraba en un hecho real perteneciente a la memoria familiar. La ficción recreaba el núcleo temporal de una sola jornada y numerosas ramas narrativas dedicadas al ambiente burgués e industrial de mediados del XIX, a una Valencia en plena evolución urbanística. Hablaba de la historia de una sociedad a través de una familia inglesa que vino a la ciudad del Turia a impulsar el desarrollo ferroviario, y este propósito se alcanzaba ofreciendo un mosaico de numerosos personajes que reconstruían el escenario social y personal del asesinato.

El modelo de narración elegido para esta nueva novela es muy distinto: a la manera de las grandes novelas del XIX con personajes femeninos Enrique Fink elige una protagonista, que la reconocemos a lo largo de todas sus etapas existenciales, hasta su muerte en la guerra civil, y su personaje oponente, don José, un empresario vinculado al mundo de la imprenta, hombre casado, representativo de la doble moral burguesa, que la seduce siendo joven y quiere condicionar toda su vida futura. Mujer arraigada también en la memoria familiar de los Fink, vemos cómo en la imaginación del autor Annie crece sentimentalmente y vive las contradicciones psicológicas y sociales que genera su inicial relación de dependencia y su posterior búsqueda de autonomía personal.

1937-38. Mujeres durante la Guerra Civil Fotógrafo ambulante. Propiedad de Rafael Solaz

 

Aquí, a diferencia del primer libro, la sociedad burguesa y valenciana se muestra en segundo plano, porque lo importante son los dos protagonistas y unos pocos personajes del círculo familiar que les acompañan. El autor da más peso al retrato personal que al social. En cierto modo, también, en vez de la elección temporal de un solo día (opción eficaz para una primera novela) opta por seguir un tiempo histórico más dilatado que genera la interminable aventura amorosa de un empresario casado y los conflictos posteriores que produce las dudas y rebeldías de su amante soltera.

El autor, que es un profesional experto en el mundo de la imprenta y los libros, consigue un buen resultado narrativo, como le sucedió en su estreno como novelista, construyendo grandes diálogos con gran facilidad, aportando todo tipo de detalles y registros –a veces con exceso, lo que resta capacidad de interpretación e imaginación al lector- para que en el desarrollo argumental no quede ningún cabo suelto o referencia costumbrista de época por incorporar. En ocasiones he creído estar leyendo el guion de una novela radiofónica, o escuchando una larga pieza de teatro radiofónico con narrador incluido, centrada en las pasiones humanas y sus escenarios sociales del paso del siglo XIX al XX.

 

Jaime Millás

friso alhambra

Eso no estaba en mi libro de Historia de las religiones

Alhambra
Inscripción en la Alhambra de Granada
Presentación del ensayo Eso no estaba en mi libro de Historia de las religiones de José Ruiz Mata

Desde la más remota antigüedad se sostuvo que ciertas formas de vida surgían de forma espontánea por mera combinación de los elementos ambientales, de manera que la naturaleza surtía de un flujo constante de pequeños seres que servían de sustento al mantenimiento de la vida de otros organismos más complejos, organismos superiores cuyo origen primero también tendría que haberse producido de una manera similar; en este caso mediante una intervención divina más directa.

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«Hijos del Sur» según Javier López Menacho

«Hijos del Sur» según Javier López Menacho

Hijos de Sur, un libro con el que disfrutar del encuentro entre poesía y pintura, en el que se reivindica la obra de andaluces de todos los tiempos. Un libro que está viajando por toda la península atrayendo a colectivos de diferentes ámbitos. En esta ocasión su autor, Javier López Menacho, ha sido invitado por Diversitats – Radio Acathi, Premio del Consell Municipal de Benestar Social de Barcelona y defensores de los derechos LGTBI, para hablar de Lorca, Cernuda, Wallada y demás andaluces universales.

Os dejamos con el podcast.
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«El hombre que nos acompaña», la primera novela de un nuevo narrador jerezano

«El hombre que nos acompaña», la primera novela de un nuevo narrador jerezano

TDN-elhombrequenosacompana
Nos congratula comprobar cómo se perfila en el horizonte literario de nuestra tierra un nuevo narrador: José F. Ruiz Mata, de quien acabamos de leer una primera novela, titulada El hombre que nos acompaña, aparecida en la colección Primera Estampa de la madrileña Editorial Calambur.

Y además la narración de José F. Ruiz Mata está ambientada en las calles jerezanas del barrio de San Miguel. En ellas se mueven los personajes que la pueblan, en sus tiendas y casas de vecindad, con algunas incursiones a la periferia, tirando hacia la Corta, en tiempos de la posguerra. Se trata de una historia compuesta de otras varias historias, surgidas del cotidiano devenir de una comunidad, perteneciente a una clase social determinada, la que componen pequeños comerciantes y artesanos, con la inclusión de algún que otro tipo singular, tal pueden ser un herbolario y un cantaor flamenco, cuyas vidas transcurren, por regla general, en medio de una rutinaria tranquilidad, solamente afectada por problemas de entidad íntima en algunos casos.

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El viaje interior de Julio Asencio

El viaje interior de Julio Asencio

Julio Asencio, Los espejos desvelados, Tierra de Nadie Editores, Jerez, 2006

El suenho_Puvis_de_ChavannesLos espejos desvelados, segundo poemario de Julio Asencio, es en realidad el primero en orden de escritura. Escrito entre mediados de los años 80 y principios de los 90, su autor ha tenido la paciente contumacia de esperar más de diez años para que estos primeros poemas suyos salgan a la luz. Y esta es, a mi juicio, la primera lección que, sin quererlo, ofrece el poeta y profesor Julio Asencio a los lectores que se acercan a estos «espejos desvelados»: no rendirse nunca, aguantar como sea las veleidades del momento y mantener siempre la confianza en uno mismo. «Ante tales reveses –nos dice el autor−, la paciencia y la constancia son las mejores aliadas del poeta, el cual no debe desesperar nunca y aguardar su momento».

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